| |
Depósito legal: lf23720029001435
ISBN: 980-6350-1
Derechos Reservados
|
Las herejías que debemos temer son las que
pueden confundirse con la ortodoxia
Jorge Luis Borges, Los Teólogos
NOTA EXPLICATIVA
Los ensayos compilados en este libro fueron escritos entre 1990 y 2000, años que anunciaban para muchos un final y para mí un misterioso comienzo. Al escribir cada texto, sólo pensé en el estilo que me imponía la lectura del momento. No es extraño, por tanto, que cada escrito rinda un secreto homenaje a autores que he hecho parte indispensable de mis días: Plutarco de Queronea, Ateneo de Náucratis, Alfonso Reyes, José Antonio Ramos Sucre, Jorge Luis Borges y José Manuel Briceño Guerrero.
Ignoro qué unidad signa las páginas que va ud. a leer; no temo, sin embargo, confesarle que son apenas coartadas contra el aburrimiento, contra la indiferencia, contra la vanidad y contra el temor al azar. No profeso ningún credo político, religioso o poético. Mi dedicación a la filosofía, en todo caso, no es académica, es personal. No pretendo asimilar doctrinas por mera erudición sino para comprender el universo que me rodea a través de ellas. Lo único que me interesa es buscar preguntas más que respuestas y dar un sentido genuino a mi soledad. Si las páginas que siguen promueven alguna herejía, advierto que se trata sólo de una ortodoxia distraída.
MITOS DE LA LITERATURA VENEZOLANA
Por supuesto que hay mitos voraces en la literatura venezolana. De época en época, proporcionan calmantes y confusiones suficientes. Salvan trayectorias anodinas, encantan, seducen, exculpan, distraen, privilegian el fracaso, reaparecen, arquetipan. Se trata de mitos que no son paradigmas que funcionan en el plano de la conciliación de concepciones del mundo, sino en el de referencias negativas, esquemas atemporales. No nos equivoquemos: la gran mayoría de los escritores venezolanos se han anulado en las instancias en donde esos mitos crean espejismos de ficción. Espejismos, digo; nunca espejos. En este punto el talento, misteriosamente, se quiebra, se transforma en pose, en miedo, en nada. La ruleta rusa de nuestro intelectual devorado funciona siempre: la inteligencia proverbial de los 20 años a los 40 es inteligencia acomodaticia y reiterativa. A los 50 no queda entonces otra cosa que obtener un honorable Premio Nacional (de lo que sea) o una designación política. La bala mata invariablemente el entusiasmo inicial tornando el atrevimiento en cortesía. A fin de cuentas el problema se reduce a un hombre de letras que cree demasiado en la reputación, en las formas del clientelismo burocrático y se olvida de lo que importa: de la obra auténtica, del libro que explota y derrumba, que pone los pelos de punta, que estremece sin descuentos de ninguna clase, del libro que las Academias temen, del libro que irrumpe para dar un puntapié en el trasero a los rutinarios.
CUATRO MITOS
Lo he dicho ya: abundan, pero se configuran en cuatro atrocidades que permiten disfrazar antiguas y graves ausencias. Ya es conocido que el mito refiere una dimensión espiritual anterior que permite evadir el problema de la responsabilidad actual. Es conocido que no es ley; es resguardo. El mito advierte desde su posición supersticiosa. Encubre, también, sectores a los que es necesario temer. Recuerdo ahora el llamado mito de Prometeo: nada menos y nada más que la odiosa y continua condena del conocimiento. Recuerdo el mito del pecado original. En fin, el ámbito es el mismo. Sin embargo, para comprender de una vez por todas qué mitos son los que persisten atrayendo a los escritores venezolanos urge una contabilidad que ponga al descubierto rasgos determinantes:
1) El primero de los mitos destinados a castrar es el mito de la gran obra, que no es más que el producto de la notabilísima falta de entusiasmo por lo que se crea nacionalmente. A diario se discute (con imparcialidad de café) que como no hemos tenido un Borges, obviamente tendrá que sobrevenir otro muy pronto. Y la más inocente publicación dispara las angustias. Desesperadamente, todo, según este esquema, pareciera reducirse a la promoción de un libro lo suficientemente decente como para poder convertir a su genial demiurgo en “maestro”. La inflación verbal ha producido, por causa de semejante espejismo, un perverso sentido que oscila entre la repulsión de lo que no esté al nivel de un Octavio Paz o la exaltación de lo que pueda contener, en su germen, líneas magníficas de un Carlos Fuentes. A esta misma hora es posible que haya algún joven escribiendo lo que él llama su “bomba atómica” y lo que sus amigos así nombrarán, a pesar de que no tengan el valor de releer el texto ya publicado. A esta misma hora, sospecho, uno de nuestros monstruos consagrados jurará ante el altar de su cubículo que su último manuscrito fue leído por Julio Ortega (antes era Ángel Rama) y éste, después de un silencio inmenso, lo recomendó como lo más interesante de fines de siglo a una editorial española.
2) El Mito de la internacionalización fue puesto en boga hace pocos años. Se pensaba que, por falta de distribución en librerías argentinas y mexicanas, no se conocía a los autores venezolanos en el extranjero. Un poeta que fue “extraordinario” mientras tuvo en su poder los destinos editoriales del país dijo que él sólo creía en la salida al exterior (principalmente la suya). Este mito, como se ve, aduce la falta de recursos, distribución y presión. Años atrás el Estado invirtió sumas increíbles para lograr el Premio Nóbel para Rómulo Gallegos (invito a este respecto a leer “Confieso que he vivido” de Pablo Neruda sin rubor y a estudiar documentos de la época). Ahora se difunde nuestros más aburridos e impecables autores oficiales, apartándose la fresca y original obra de generaciones nacidas entre la década de los 40 y los 50 que asumieron el compromiso permanente del placer de escribir. Por último, se desconoce que la internacionalización es inútil porque no hay una nacionalización de la literatura venezolana. En los pueblos de todo el país se ignora quiénes son sus representantes literarios. En las escuelas y liceos no han visto a un autor vivo nunca. Bien pensado, el esquema de proyección oblitera casi siempre a escritores que ya están siendo reconocidos en el mundo (José Manuel Briceño Guerrero, verbigracia) sin necesidad de otra manifestación que su propia creación.
3) El mito del apoyo es la demostración del axioma que dice que “la subjetividad es la realidad”. El Estado o la Empresa privada como panaceas, salvadores del prestigio nacional. Esto inauguró un período con listas de protegidos que, en algunos casos, gozan de becas y en otros, de cargos extraños a las necesidades culturales del país. El apoyo, en añadidura, entendido como escudo contra la verdad-calidad. No hay de qué preocuparse porque existe un Subsidiador de proyectos. El intelectual atrapado por este mito suele ser un irresponsable prepotente y es difícil que sus obras no se resientan de su parasitismo irreductible. El período democrático ha sido, en este sentido, nefasto.
4) Concluyo con el mito del prestigio. En este renglón se articula el discurso oficial de un país carente de certidumbres culturales. El prestigio y la reputación como divisas. El escritor como un adalid del valor ético: un Rómulo Gallegos o un Arturo Uslar Pietri. El escritor enceguecido por un pequeño éxito, transfigurado en mediocre. Los poetas de los años sesenta, irreverentes entonces, ahora son venerables patriarcas de los mundillos escriturales. Pasaron del homenaje a la necrofilia a los homenajes diplomáticos. La polémica ha pasado a ser obscena. Ante todo el anatema de tasca. Ni por asomo la autenticidad como principio, el poder de la obra como patrón de calificación. La literatura aséptica, irreprochable, cumplida con la actualidad y en recompensa el escritor premiado (porque sus opiniones y su obra son perfectos ejemplos de las buenas costumbres y la higiene mental). El lector, para tal exposición, no importa.
A cuatro años del fin de milenio y de siglo, estos cuatro mitos se encadenan en un panorama borroso, marchito, frustrante. Reasumidos, retomados, configuran una geografía maldita atiborrada de paisajes de cartón. Son telas de araña colocadas con estrategia limitadora. O lo que es parecido: son nuestros espejismos tropicales. Por eso, tal vez, es que me cuento entre los jóvenes que apuestan a un derrumbe de los modelos agotados por efecto de convicciones poderosas que nos lleven a no disimular la búsqueda de lo imaginario como nación. Ezra Pound temblaba al pensar en lo que sucedería si los norteamericanos leyesen a los clásicos. Su estupor no tendría importancia ante el hecho de que los venezolanos nos leyésemos de verdad, leyésemos a nuestros escritores y tuviésemos el coraje de aupar sin hipocresía sus aciertos y relegar con furia sus errores.
LEER O NO LEER
He iniciado 1998 con la mudanza de mi biblioteca a un nuevo estudio. La razón me la reservo, pero no sus consecuencias: este hecho cotidiano, rutinario, pesado, me sirvió de pretexto para hojear los libros y dedicar la mayor parte del tiempo a examinar cada obra hasta el punto de reestablecer, inexplicablemente, esa relación misteriosa, ceñida, supersticiosa, que alguna vez tuve con determinados autores. Cualquier cosa ha resultado propicia: unas páginas subrayadas, vagos y absurdos comentarios a pie de página, erratas inútilmente corregidas, pasajes tachados, lomos sucios a fuerza de uso, en fin. Entre otras cosas, la nostalgia me ha impedido ordenar los libros y todavía yacen apilados en altas columnas y en cajas antiguas: no puedo dejar de pensar que se trata de una biblioteca muy especial, y no porque sus volúmenes sean extraños o excepcionales (tal vez sí esto último) sino porque la heredé de mi padre y éste del suyo. Es posible que la Ilíada de Homero, en versión de Gómez de Hermosilla, impresa en Madrid en 1831 a doble columna con letra mínima, haya sido leída por mi abuelo y tenerla en mis manos, ahora, supone todo un acontecimiento íntimo. Sospecho que el arreglo del estudio tendrá que esperar algunos meses. O años. Me aguardan cientos de buenos motivos y un par de ensayos breves que, como este, dan cuenta fiel de una pasión nunca desmentida.
Leo, y no está mal decirlo de una vez y en el mismo tono personal con que he iniciado estas líneas, desde que tengo memoria. Leo porque me resulta mejor que no hacerlo. Leo porque no puedo no leer. Leo por hábito, lo que es censurable y poco inocente. Leo, incluso, porque cada buena lectura me ha dado motivos más fuertes para continuar haciéndolo. Leo sin atender a manuales, ficheros, guías, selecciones críticas como las de Harold Bloom, etiquetas de “clásicos”, recomendaciones de fin de semana. Me interesan demasiado los libros como para orientarme por intermediarios y si lo he hecho, la decepción ha respaldado mi escepticismo ulteriormente. No creo en esas listas de “Los cien mejores libros”. No logro, en verdad, asimilarlas. Siempre noto que hay que agregar alguno que descubro a última hora. Como lo dice Hesse con toda la claridad del mundo: “para cada individuo existe una selección especial de los libros que le son afines y comprensibles, queridos y valiosos...”. Por lo general, esto es ignorado por quienes promueven campañas para crear el hábito de la lectura: disponen de altos presupuestos y bajas ideas, por lo que someten a niños a textos demasiado necios y pueriles en el mal sentido de la palabra o extremadamente complejos. O un cuento insulso o Madame Bovary de Flaubert. No soy sociólogo ni psicólogo, mucho menos profesor de literatura, pero como escritor puedo confesar que hay que dejar que la chispa surja. Los libros no deben llegar a los niños; los niños deben llegar a los libros. Por curiosidad, por placer, por interés especial, porque sí. Y en este sentido no hay claves, no hay leyes. El placer de la lectura no se decreta: se despierta. No se determina: al igual que la vocación, es un asunto de fe. No estoy de acuerdo con valorar a los hombres por sus lecturas: no es inteligente pretender que quien lee es superior a quien no la hace ni corroborar ese mito con programas escolares fútiles y pedantes. El afecto por los libros es un privilegio que pertenece a los dominios de la mística. Una biblioteca bien dotada en la escuela, la publicidad televisiva o radial más costosa, no tiene a menudo el poder del comentario frugal de un amigo o el encuentro directo, ocasional, inédito, con una historia maravillosa y puntual.
Lo mejor será siempre no leer demasiado. Ya Schopenhauer, que pedía que leyeran sus libros dos o tres veces seguidas, en sus excéntricos Opúsculos había encontrado que “cuanto más se lee, menos huellas de lo leído quedan en el espíritu; es como una pizarra sobre la cual están escritas muchas cosas las unas sobre las otras. Así no se llega a asimilar, y no se consigue el apropio de lo leído...”. Como no se trata de una proeza destinada a causar perplejidad en los demás ni de cumplir con un programa estadístico, es fundamental que al igual que tenemos pocos amigos y muchas amistades evitemos el prurito de leer crasamente. Esto sólo conduce a la pedantería, a la conversación y escritura fatigosa, referencial, nada espontánea. Recuerdo, y no sé por qué, a un escritor en ciernes que me confesó que leía unos ocho libros por semana, lo que nos da treinta y dos por mes y trescientos ochenta y cuatro por año. Como disculpa, citaba los antecedentes de Samuel Johnson, dotado de una facultad que le permitía ir a los párrafos centrales de un libro eludiendo así el resto de las páginas por lo que pudo leer miles de textos; también citaba a Menéndez Y Pelayo, de quien se dice que leía centenares de libros hojeándolos. Yo, no temo manifestarlo, no podría nunca hacer lo mismo: hay años en que leo sólo ocho libros por año y menos: procuro disfrutar y asumir con todos los sentidos cada obra que cae en mis manos, sobre todo si su autor es un verdadero creador y no el repetidor de un modelo o un mero divulgador de simplezas con alto índice de ventas. Durante unos nueve meses, por decir, me dediqué en cuerpo y alma a leer a Plutarco de Queronea. Fue, posiblemente, un período insuficiente, pero conseguí lo que quería como lector: lograr, a través del gran biógrafo y tratadista de la época imperial, establecer una relación más cercana con la antigüedad greco-romana. Además, lo leí en griego, lo cual aumentó el disfrute. Y he aquí otro aspecto esencial: si es posible y la voluntad lo permite, hay que buscar a cada autor en su lengua original. Hay que intentarlo. Hay que aprender un idioma para leer a un escritor si se lo aprecia de veras. José Manuel Briceño Guerrero, el pensador más audaz que conozco, un buen día declaró a la prensa que quien busca a un creador en su lengua materna se busca a sí mismo en las raíces más profundas de la cultura. Stendhal, no cabe duda, sobrevivirá a las traducciones, pero el placer de leerlo en francés es inefable. Todo puede suceder en ese tipo de lectura cercana. Con respecto a un poeta, o se lo lee en original o se lo deslee en una versión que, no obstante la ardua labor y el talento del traductor, irá en menoscabo del poeta.
Leer en voz alta o en voz baja, de pie o sentado, o en cuclillas o tendido en un sofá o cama, de día o de noche, acompañado o solo, nada de esto interesa. Si se lee bien y si el libro es excelente, lo demás queda justificado. El fervor, los tics y las impredecibles manías, no justifican mayor consideración. Entre las singulares categorías de lector que se han dado, agotando ya la discusión sobre el particular, suele obviarse que existe el lector supersticioso: no atiende al placer o a las revelaciones espirituales de un libro sino a las circunstancias que rodean la lectura. Cree que hay libros que son talismanes y también que hay obras que provocan mala suerte en su dueño. Llega hasta el punto de abandonarlo en un closet, en una caja, lo arroja a la basura, desconfía y lo quema. Meras necedades. Los únicos textos que pudieran definirse como pavosos son los malos, por el tiempo que nos hacen perder. Quevedo, en el prólogo a Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, pide a Dios que guarde al lector “del mal libro, de alguaciles y de mujer rubia, pedigüeña y carirredonda”. De ahí que Borges recomendara, con toda la autoridad de sus estupendas lecturas, que nadie se demore en un libro que no cause ninguna sensación de felicidad o conocimiento. Que su autor sea Goethe o Víctor Hugo es irrelevante: no es improbable que un escritor poco conocido nos depare sorpresas más gratas en cada página y ése es el que debe ser leído. O releído. La relectura, y viene muy ajustado el comentario, es la que hace al gran lector: Avicena tuvo que revisar cuarenta veces la Metafísica de Aristóteles antes de captar el verdadero sentido de la obra. De García Bacca se cuenta que no pasaba año sin leer íntegramente a Platón, a quien tradujo. George Chapman recomendaba releer a Homero y descuidar al resto de los poetas. Edmund Gosse, en Father and son (1907), feliz autobiografía, insistía en que Virgilio hizo su vida tras intensas relecturas. Hay más, pero lo que interesa aquí es insistir en que enamorarse de un texto es aceptar su descubrimiento permanente y la eterna puesta a prueba de su valor. El clásico indiscutible, exacto, pródigo, es el que se crece en una segunda o tercera lectura. Italo Calvino ha escrito con acierto que “los clásicos son esos libros de los cuales se suele decir «estoy releyendo» y nunca «estoy leyendo»....”. Los detalles se paladean, lo mismo que las frases o situaciones. Releer es revivir el encanto de leer; reencontrar la escondida senda por donde han ido los pocos lectores que en el mundo han sido. Una minoría tan superlativa que Walter Raleigh pensó (ver Cartas) que para cada época hay nada más que dos o tres lectores verdaderos.
No creo que sea posible responder con justeza, unanimidad o precisión por qué leer o por qué no hacerlo. La definición más completa está destinada a ser irrefutable e inútil. Quienes ya leen no la necesitan y quienes no lo hacen no buscan definiciones sino libros que los convenzan de modo fulminante. El dilema, simplemente, está ahí, como una esfinge. Si no estoy del todo equivocado y mi respuesta no se pierde en medio de la inflación conceptual de estos años, diría que bien vale la pena leer porque de lo contrario se expone uno a perder la más secreta y fascinante dimensión inducida de la cultura humana. La de la imaginación y la memoria. Y eso no es poco.
ERNST JÜNGER
En parte porque su vida, como la de Heidegger, no estuvo a salvo del entusiasmo inicial por el nazismo o porque su obra y particularmente sus diarios confrontan la naturaleza del hombre sin escrúpulos, o por su condición de militar victorioso (héroe de guerra, temido, capaz de hacer consignas razonables para sus soldados: ¨maten con ardor, pero no con odio¨) o por su misterioso celo solitario, lo cierto, lo imprescindible, es que Ernst Jünger resulta una presencia incómoda en la historia de la literatura y su muerte, el 17 de febrero de 1998, casi a los 103 años, volvió a exigir una reconsideración crítica, justa, decisiva, de su vida y, por supuesto, de su magnífica obra. En ese sentido (y en otros), no veo mi aporte sino como una oportunidad para compartir algunos aspectos suyos que han hecho mi vida de lector.
ENTRE DOS GUERRAS
Nacido el 29 de marzo de 1895, en Heidelberg, hijo del Dr. Ernst George Jünger, un respetado profesor de química y Lily Karoline, Ernst Jünger pasó por varias escuelas antes de tomar la decisión radical de unirse, junto con su hermano Friedrich a los Wandervögel en 1911. Este grupo, que sostenía principios radicales posteriormente adoptados por el movimiento hippie, extremaba el fervor por la naturaleza así como el respeto absoluto por la vida animal, lo que en el joven aprendiz de escritor se convertiría en una pasión ininterrumpida por la entomología. Esta independencia forzó la ruptura con sus padres y su incorporación a la Legión Extranjera Francesa en 1913. Como se sabe y se repite, más que como se conoce realmente, la Legión era un feroz cuerpo militar internacional integrado por hombres que asumían su pertenencia como un exilio o refugio en el África y Jünger tuvo la suerte de sobrevivir en esa fuerza y ser respetado durante su corta estancia en Argelia. A pedido de su padre, regresó para estudiar en Hannover, pero la Primera Guerra Mundial le ofreció una ocasión más relevante para continuar su independencia y, ante el llamado del Káiser, no perdió tiempo en asimilarse.
El rechazo a la vida burguesa tenía como contraparte la búsqueda de lo excitante e inaudito. Con el rango de Teniente, peleó en Champagne y en el valle de la Somme, en 1916, y fue testigo de la muerte de un millón de hombres para que los aliados avanzaran diez kilómetros. En su morral, llevaba sus provisiones de rutina y sus tomos de Nietzsche y Schopenhauer. A ratos, escribía. Herido varias veces, regresó a pelear con tal coraje que recibió la más importante condecoración conocida: la Medalla Orden al Mérito. Al término de la guerra, era uno de los pocos héroes de su país y durante un buen tiempo se encargó de formar soldados y escribir manuales prácticos para la Infantería.
Lector de Oswald Spengler, estudioso del mundo esotérico y de las drogas, guerrero, no dudó en aprovechar su experiencia y decidió hacer pública su vocación de novelista en 1920 con In Stahlgewittern (En la tormenta de acero), libro proveniente de sus anotaciones en el frente. En 1922 apareció Der Kampf als inneres Erlebnis, una interpretación ambigua de la guerra que Borges reseñó en 1937, en uno de sus ensayos de la revista “El Hogar”. En 1923 se inscribió en la Universidad de Leipzig para indagar en la zoología y la filosofía, escribió muchísimo y publicó en igual medida: salió Sturm, una novela, Revolution und Idee, un artículo editado en el periódico Nazi Völkischer Beobachter, donde probaba la necesidad de un cambio histórico en el destino de la raza alemana, y colaboró con distintos periódicos de veteranos.
Sin unirse a los nazis, sintió la tentación del repudio al infame Tratado de Versalles y, por qué ocultarlo, la admiración por la figura de Adolf Hitler, a quien le dedicó Feuer und Blut. Un fragmento de Jünger precisa: “Como muchos combatientes, y no sólo alemanes, Hitler conocía y apreciaba mis libros...él me lo hizo saber y yo le envié las primeras ediciones. Me dio las gracias o encargó a Hess que me las diera. Yo también recibí su libro, que acababa de publicarse. Una vez, cuando vivía en Leipzig, me anunció su visita; luego, por un cambio de itinerario, la anuló...”. Con Das Waeldchen 125 (La colina 125) ratificó su defensa de una posición nacionalista extrema ante la grave situación de la Alemania de la posguerra. En mayo de 1926, sin esperar las calificaciones académicas, abandonó la Universidad y el 3 de agosto se casó con Gretha von Jeinsen, con quien ya había tenido un hijo (Ernst) en mayo del mismo año y quien le daría otro en 1934, Alexander. Viajó por Francia y Croacia y de vuelta al hogar, publicó en 1929 Das Abenteuerliche Herz. Aufzeichnungen bei Tag und Nacht (El corazón aventurero. Notas de día y de noche), una colección de aforismos filosóficos de procedencia evidentemente hegeliana.
Su decepción con el nazismo fue lenta y en 1932 la radicalizó en el extenso ensayo Der Arbeiter (El Trabajador). En este escrito enfatizó su crítica de la técnica como elemento destructor de la dignidad humana y la presentación del trabajo como realización de la voluntad. En el fondo, esta obra mantiene su vigencia invicta debido a los signos terribles de la revolución microelectrónica, cuya esencia prescinde del trabajador en todas sus formas. El desencuentro de Jünger terminó en el rechazo a la oportunidad de ingresar a la Academia de Poesía Alemana en 1933, purgada por la Gestapo, y se marchó a una aldea, Goslar, en las montañas Harz; después se radicó en Ueberlingen. El contacto con el exterior lo mantuvo a través de sus viajes a Noruega, en 1935, en 1936 a Brasil, Canarias y Marruecos, en 1937 a París, donde se encontró con Andre Gide y Julien Green y en 1939 se mudó a Kirchhorst en la Baja Sajonia. Sus publicaciones no terminaron: en 1934 publicó Blaetter und Steine (Hojas y piedras), primera crítica soterrada al racismo fascista, en 1936 su novela Afrikanische Spiele (Juegos africanos), basada en su experiencia en la Legión Extranjera, y en 1939 Auf den Marmorklippen (Acantilados de mármol), también una novela, pero de mayor envergadura.
La Segunda Guerra Mundial no tuvo ninguno sentido para Ernst Jünger y en su diario (Strahlungen, Irradiaciones), con gran displicencia, cuenta cómo, leyendo a Heródoto, supo que la oficina de reclutamiento lo llamaba a entrar en combate en agosto de 1939. Esa actitud indiferente lo alejó por completo de cualquier acción heroica. Transferido a París en 1941 formó parte de las fuerzas de ocupación liderizadas por el General Otto von Stülpnagel, pero antes que ser un inquisidor o estratega, prefirió conocer mejor la cultura francesa y defenderla de los excesos de los soldados.
La edición y posterior traducción al francés de Garden und Strassen (Jardines y calles), en 1942, le garantizó la admiración de algunos escritores e intelectuales franceses como Paul Leauteau, Jean Cocteau, Gaston Gallimard, Louis Ferdinand Céline, Paul Morand, Pierre Drieu La Rochelle, con quienes sostuvo largas pláticas. En su Diario sorprende que sus preocupaciones no fuesen las de un militar en tierra extranjera sino las de un dandy, interesado por las buenas comidas, el clima, la naturaleza, ciertas lecturas excéntricas, dos o tres conversaciones, una buena amante. Hay un pasaje fechado el 3 de octubre del 42 en el que refiere, por ejemplo: “Por la tarde en la librería del «Palais Royal», donde adquirí la edición de Crébillon impresa en 1812 por Didot. En las tapas de vitela verde se observa todavía la fuerza del estilo que conservaba el imperio...Francia disfruta todavía de las ventajas de esta tradición que se transmite por herencia, y es de esperar que la conserve gracias a su política que, en general, puede considerarse razonable. Porque, ¿qué es lo que importa ahora en este país? Que no se destruyan sus viejos nidos, las ciudades, sobre cuyas ruinas se levantarían sucursales de Chicago, como ocurrirá con Alemania...”.
En 1942 fue enviado al Frente Ruso y vivió en carne propia la derrota de las tropas nazis, el hambre, el frío, la desesperación. En 1944 dimitió del Ejército después del atentado contra Hitler y se retiró a Kirchhorst, donde recibió la noticia de la muerte de su hijo y anotó en su diario en enero de 1945: “Nuestro hijo encontró la muerte el 29 de noviembre de 1944. Tenía 18 años. Lo mató un tiro en la cabeza durante un encuentro entre patrullas en las montañas de mármol de Carrara...!Pobre hijo mío! Desde muy niño se había esforzado siempre en imitar a su padre. Y ahora, en la primera ocasión, le supera con mucho y queda infinitamente por encima de él...”. La verdad es que su hijo fue enviado a un batallón de castigo por sus ideas subversivas y encontró un fin misterioso, lo cual explica que Jünger se negara a enfrentar a los norteamericanos en la captura de Alemania. Para él la guerra ya había concluido con una devastación espiritual intensa e imborrable.
DESDE OTROS SILENCIOS
Stuart Hood, traductor de Auf den Marmorklippen, visitó a Jünger en septiembre de 1945 y lo encontró delgado, impecable, preciso. Entre las cosas que reseñó de la reunión, al principio difícil, se encuentra el hecho de que el novelista se declaró francófilo. “Discutimos, escribió Hood, de literatura alemana. Me expresó su disgusto por Thomas Mann y su estilo...El admira a Rivarol, a quien ha traducido. Yo no sabía nada en absoluto de Rivarol. (Fue un autor que satirizó a la monarquía en los tiempos de la Revolución Francesa y acabó sus días como refugiado en Alemania...)...Sus modelos literarios, me declaró, fueron franceses...”. Esta afirmación es cierta y subraya una de las grandes paradojas del escritor: admirador decidido de la claridad francesa, optó por un estilo enrevesado, metafísico. Lo que parece haberle interesado, más bien, fue el cuidado por el estilo y la contundencia en la expresión. Tenía la idea de que la literatura no es un acto gratuito: “La misión del autor...consiste en la creación de una patria, de una residencia espiritual...”.
Prohibidos sus libros por los aliados, recurrió a publicaciones extranjeras: Der Friede (La paz) apareció en 1946 en Amsterdam. En 1947 publicó Atlantische Fahrt (Viaje Atlántico) y un año más tarde Aus der goldenen Muschel (La concha de oro), un diario de viajes. El año 1949 conmovió al mundo con dos libros suyos: su diario de guerra y Heliópolis, una de sus novelas más alegóricas y complejas. El relato, entre diálogos, monólogos y páginas de diario, presenta una ciudad del futuro, Heliópolis, en la que un personaje inolvidable, Lucius, debe elegir entre el partido de Landvogt, cultor de lo colectivo y el Procónsul, defensor de lo individual, sin que al final se decida. En 1950 renovó su apuesta por el nihilismo con Ueber die Linie (Sobre la línea), difícil homenaje a Heidegger en el que proporciona, aparte de los nombres de Poe, Leon Bloy, Rimbaud como lecturas privilegiadas, una perspectiva conceptual del mundo contemporáneo. Libro extremadamente confuso, resulta memorable por hacer de Nietzsche un punto de partida para el análisis del hombre moderno y por invitar a superar los valores mediante una vía nihilista: “Un camino que ni hacia dentro ni hacia fuera es seguro nos pertenece”. Levantar la cabeza y mirar por encima de la línea es, entonces, descubrir las señales del nuevo orden.
Hacia 1951 publicó Der Waldgang (Paseo por el bosque); en 1952, Die Eberjagd y Besuch auf Godenholm (Visita a Godenholm), esta última una novela corta digna de múltiples relecturas y, me atrevería a sugerir, una de sus preferidas. En resumidas cuentas, narra, y bien vale detenerse en este punto, la llegada de Möltner, médico, Einar, arqueólogo y Ulma, joven nórdica, a una isla donde vive un anciano, Schwarzenberg, maestro iniciático que posee el don de hacer ver lo oculto a través de visiones personales. Lo mágico, impulsivo, es la atmósfera: la cercanía a los símbolos y arquetipos del mundo y tal vez sean estas líneas el índice para exponer las condiciones de la estructura de este y otros textos de Jünger: “...no veía la historia, la historia natural, la cosmogonía, como desarrollo, imaginándolas, como es costumbre, en forma de líneas, espirales o círculos, sino que las veía más bien como una serie de calotas esféricas envolviendo núcleos atemporales, sin expandir. Desde esos núcleos se emitían los prototipos y las cualidades hasta los lugares más distantes...La creación no estaba sólo en el acto inicial sino que podía continuarse en cualquier punto que prendiera en lo inexpandido. Ocurría diariamente y cada procreación era un símbolo de ese hecho...”.
En 1953 publicó Der gordische Knoten (El nudo gordiano), ensayo político sobre las tensiones entre oriente y occidente; en 1954, Das Sanduhrbuch (El libro del reloj de arena), indagación sobre el tiempo; en 1956 tradujo y prologó los escritos de Rivarol; en 1957 apareció la novela Gaeserne Bienen y en 1959, el ensayo An der Zeitmauer (Junto al muro del tiempo), que explora los cambios mundiales y la inminente catástrofe del hombre. Hermann Hesse, en una reseña prudente de este volumen hecha en 1960 escribió: “...me ha instruido y corregido en los terrenos de las ciencias naturales y de la técnica en los que estoy atrasado. En lo humano y moral no me ha cambiado, pero sí fortalecido agradablemente”.
Ya desde 1950 vivía con Gretha, su gran amor, en Wilflingen, en la casa del guardabosque del castillo de una familia amiga. Su esposa murió en 1960 y sobrevino un período corto de depresión con una boda posterior (dos años después): esta vez la mujer era una archivista, Liselotte Lohrer. Entre 1962 y 1966, viajó por Egipto, Sudán y Angola. La tendencia prolífica se multiplicó en los años posteriores de tal manera que de los 60 a los 70 logró ver editados unos diez libros, algunos de ellos menores y al menos una obra maestra, continuación de lo planteado en Heliópolis, con el título de Eumeswil (1977), a la cual hay sociedades enteras que le dedican revistas y amplias monografías. En esta utopía, Venator, historiador al servicio del régimen del Condor, mantiene un diario secreto que permite informar sobre la situación real de terror. Del resto de los textos, habría que mencionar Der Elstaat y Sgraffitti de 1960, Typus, Name, Gestalt y Maxima-Minima de 1963, Annaeherungen: Drogen und Rausch (Aproximación a las drogas y a la intoxicación, 1970) y Die Zwille (1973), novela con ciertas reminiscencias de la infancia.
RETIRO Y RECONOCIMIENTO
La década de los ochenta rescató a Ernst Jünger del olvido y, libro a libro, lo transformó en una figura pública discutida, polémica, pero por sobre todo admirada. Premios como el “Goethe 1982” y el de la Fundación Cino del Duca tuvieron el doble efecto de decepcionar a los que lo creían un fascista distraído y de entusiasmar a jóvenes lectores que vieron en su obra un símbolo de los tiempos. En 1983 publicó la novela Aladins Problem y una colección de aforismos literarios que muy pronto se popularizó en todos los idiomas: Autor und Autorschaft. Para 1985 condescendió con la novela policial y aportó un relato titulado Eine gefaehrliche Begegnung con un escenario parisino. La llegada del Cometa Halley despertó en él numerosos recuerdos y los compiló en Zwei Mal Halley, que apare ció en 1987. Admirador de Las Mil y Una Noches, releyó una y otra vez el clásico y continuó sus investigaciones naturalistas.
Escéptico, sorprendido, en todo caso feliz, vio cómo pasó de un escritor marginado a ser un personaje solicitado por los medios de comunicación, abordado por estudiantes y políticos, y pudo ver, cuestión en la que pocos lo igualan, la total ruina de Alemania y su renacimiento, su división y su unión, la caída del imperio soviético, todo lo cual lo llevó a preparar un libro extraño, Die Schere (1990), un testamento espiritual en el que propuso algunas reflexiones sobre el ser, la modernidad, la muerte, la dignidad humana, la literatura y la filosofía en pleno fin de siglo. En 1995 donó todos sus documentos al Archivo de Literatura Alemana de Marbach y legó 40.000 especímenes entomológicos para su análisis y conservación.
“Aquí está un hombre libre”, dijo de Jünger, conmovido, aterido por su presencia imponente, el entonces presidente de Francia, François Miterrand, cuando, acompañado por Helmuth Kohl, lo visitó, en 1995, en su aldea de Wilflingen para hacerle un modesto homenaje en su centésimo aniversario. Pocas palabras tan ciertas. Ahora, tras su muerte, noto que la discusión vuelve a abrirse y se ignora que el gran escritor es un hombre peligrosamente libre. Negar a Jünger o a Ezra Pound o a Louis Ferdinand Céline o Pierre Drieu La Rochelle o a Martin Heidegger por su apoyo temprano al fascismo, es olvidar que esas circunstancias históricas son pasajeras y que sus obras trascienden el equívoco político. En el fondo, se trata de entender que no puede dejar de leerse a un Francis Bacon por haber sido un funcionario corrupto o a un Jenofonte por haber servido como soldado mercenario en una guerra interna en Persia. Eso es todo.
SOBRE LUDWIG WITTGENSTEIN
“¿Cuál es tu objetivo en la filosofía?
Mostrar a la mosca la salida del frasco” (L.W.)
Uno de los textos que releo sin cesar y sin darme explicaciones de por qué o cuándo pertenece a la tradición Zen. Escrito por Sian Ien, patriarca, no tiene título y puede resumirse en muy breves líneas, aunque sus aspectos esenciales contienen diálogos inagotables y consecuencias paradójicas. Lo que sucede es esto: un hombre, manco de ambos brazos, cuelga de la rama de un árbol al borde un abismo. Inexplicablemente, se sujeta con los dientes y sabe que no hay nada ni nadie que pueda ayudarlo. Ni una piedra ni una mano amiga. El hombre cuelga desde hace años y sólo la fuerza de su voluntad lo mantiene vivo. Ni el tiempo ni el cansancio lo perturban. Tal vez ya conoce el color del silencio. Pero en algún momento otro hombre que lo observa desde lo alto del precipicio le pregunta: «¿Qué significa la llegada del Bodhidharma”?. El problema es serio: si responde y salva el espíritu de ese hombre que necesita orientación, cae al abismo. Si no responde, es posible que el otro hombre, ante su indiferencia, sienta el vacío, se arroje y con este acto lo condene para siempre haciendo inútil su sacrificio. ¿Qué puede hacer? Siglos enteros han alargado o acortado esta historia. Ha sido tomada como “koan”, un documento problemático que intenta ridiculizar el razonamiento y también como ejercicio para confundir y llevar a alguien hasta el estado neutro de conciencia que transforma. Lo natural, entonces, es que quien medita bajo tal estado de tensión sepa que ha habido un cese total y liberador.
Recuerdo esta lectura porque la obsesiva, desmesurada y visionaria obra de Ludwig Wittgenstein no puede ser explicada de otra manera. El Tractatus logico-philosophicus, aparecido en forma de libro el mismo año del “Ulises” de James Joyce, es decir, en 1922, supone una lectura sinuosa y más que un simple tratado filosófico puede leerse como un manual de enigmas que revelan diversos aspectos del mundo en la misma medida que nos confunden. Yo, como todos, he omitido la lectura de gran parte del Tractatus logico-philosophicus. Creo que algunos pasajes se estropean a fuerza de deliberados o excesivamente prevenidos. Me he detenido, en cambio, en aforismos como el que dice: “Mis proposiciones esclarecen porque quien las entiende las reconoce al final como absurdas, cuando al final de ellas --sobre ellas-- ha salido fuera de ellas. (Tiene, por así decirlo, que arrojar la escalera después de haber subido por ella)”. O en segmentos inolvidables como uno donde precisa: “Lo que se puede decir de alguna manera, se puede decir claramente; de lo que no se puede hablar, hay que callar”. Estamos ante la aporía como método, la ontología del límite: ningún pensador hasta esa fecha había formulado una teoría lógica basada en una crítica poderosa del lenguaje para concluir nada menos con la visión del conocimiento como frontera. Desde Fritz Mauthner y contra la metafísica, contra toda la filosofía occidental y oriental, contra sí mismo, Wittgenstein señaló que el lenguaje es el límite del pensamiento y la lógica es el límite del lenguaje. Una proposición con sentido es una imagen del mundo. Nadie duda que esto aseguró el camino del positivismo lógico, como lo ratificó A.J. Ayer.
Años más tarde, Wittgenstein, arrepentido, vencido, decepcionado, intentó modificar todo su pensamiento con un volumen penitencial que apareció a su muerte con el título de Investigaciones filosóficas. Según Norman Malcolm (Ludwig Wittgenstein, 1954), el cambio dividió en dos su trayectoria. Su última versión mantuvo la importancia del lenguaje, pero esta vez como juego y en lugar de la lógica privilegió la gramática. Rechazó la teoría del atomismo lógico y la unidad inicial se fragmentó en diversas formas lingüísticas. Así, hizo un desplante total a la concepción del análisis. Si antes creyó que en el lenguaje hay una esencia velada que sólo el análisis pone en evidencia, ahora no dio otra realidad al lenguaje que la de sus usos. Este cambio de marcha, naturalmente, fue percibido como el origen de un laberinto de orden mágico y Wittgenstein, se convirtió en un mito, poco leído, héroe moral excesivamente interpretado y raras veces asumido. La gloria, infinitamente, remedó con creces su aporte.
La decepción y renuncia hicieron la vida de Wittgenstein. He comparado el esbozo biográfico de Georg Henrik von Wright y la biografía profusa de Wilhelm Baum y no encuentro en ninguna de ellas el hombre que he logrado traducir a lo largo de una década dedicada a leerlo. Ludwig Josef Johann Wittgenstein, nacido en Viena en 1889, muerto en 1951, se pasó la vida interrumpiéndose, deprimido, acosado por una misteriosa fuerza existencial que lo colocaba permanentemente al borde de sí mismo. En su infancia quiso ser director de orquesta y no completó ese destino. En Berlín estudió ingeniería para terminar en Inglaterra aprendiendo filosofía con los mejores pensadores de la época. George Edward Moore, profesor suyo, defensor del “sentido común”, recordó en conferencias y ensayos que Wittgenstein, en cada clase, le hacía sentir la satisfacción del pensamiento porque su cara de intriga y perplejidad lo motivaba a indagar con mayor esfuerzo. Al estallar la Guerra Mundial se enroló como voluntario en el ejército austríaco. En su morral, junto a su equipo de batalla, llevaba los escritos de Tolstoi, a quien admiraba tanto como a Schopenhauer, Kierkegaard, Pascal y San Agustín. Una tarde, en medio de la lucha, aprovechó un descanso para leer el periódico y descifró en los dibujos de un accidente automovilístico su misión. La idea del Tractatus logico-philosophicus comenzó a cumplirse línea a línea. Hacia 1918, los italianos lo capturaron y pudo revisar los detalles de su obra. En 1921 la publicaba en una revista alemana y en 1922, ya traducida, en Inglaterra.
Lo primero que hizo, al alcanzar una fama inusual en un tiempo tan breve y recibir, como si no bastara con la gloria, una cuantiosa herencia paterna (Otto von Wittgenstein, su padre, había levantado un imperio del acero), fue rechazarlo todo, donar el dinero creando un fondo para ayudar a escritores y artistas en problemas, y huir. En la Baja Austria dio clases en las escuelas más humildes y durmió en los lugares más negligentes. Fue hortelano en un monasterio. Inesperadamente, volvió a Viena, construyó y diseñó un edificio para su hermana que mereció el elogio del arquitecto Von Wright: “es de la misma clase simple y estática que tienen las frases del Tratactus”. No tardó en aburrirse, por supuesto, y se dedicó a la escultura. Quienes lo trataron supieron que algo lo perseguía desde el pasado. Algo innombrable. Volvió a Cambridge gracias a un dinero que logró reunir J.M. Keynes y retomó su lugar en la Universidad como profesor de filosofía. No era, como es de suponer, el maestro que quisiéramos en un aula. Con cierto aire de incuria e inseguridad, tristeza plena, daba sus clases en las tardes, sentado, propiciando una discusión en la que sospechaba, equívocamente, que cada alumno podía ser aplastado por sus observaciones y destruida su vocación. Bertrand Russell, atemorizado por las extrañas vacilaciones de su antiguo discípulo, lo elogió y, no sin recelo, lo definió despectivamente como “un místico matemático”. Hosco, tenía la fama de espíritu hostil y excéntrico. Confiaba a pocos sus ideas y no comentaba ningún libro nuevo. Admirado, temido, envidiado, rechazado y por sobre todo respetado, vivía como un monje. Iris Murdoch, novelista y profesora en Oxford, lo conoció y consagró esta imagen: “Era muy bien parecido. Más bien pequeño, y con una cara muy, muy inteligente, escasa, con ojos penetrantes. Daba el aspecto de un vago. Vivía en dos cuartos vacíos, sin libros, con sólo un par de sillas de lona y un catre...”.
El año 1933 un profesor italiano de economía, llamado P. Straffa, refutó, involuntariamente y a propósito de otro tema, todo su sistema de pensamiento. Cuenta Boswell que Samuel Johnson pretendió confutar la teoría empirista de Berkeley pateando una piedra. Pues Straffa, molesto ante la insistencia de Wittgenstein de que una proposición y lo que describe tienen la misma forma lógica y de que una proposición es una imagen del mundo, se levantó y, con los ojos fuera de sus órbitas, se puso enfrente de él y le hizo un gesto napolitano que imagino no debió ser el menos expresivo del planeta. Inmediatamente preguntó: “¿Cuál es la forma lógica de este acto de expresión?”. Wittgenstein enmudeció y desde ese día comenzó a reescribir todo lo que había pensado hasta la fecha.
Con la llegada de la Segunda Guerra, trabajó como enfermero y su regreso a Cambridge se vio sacudido por la segunda anécdota esencial de su vida. Norman Malcolm refiere que para ese momento, escribía sus Investigaciones filosóficas, y durante un paseo, estudió detenidamente un juego de fútbol. Cualquier otro se hubiera interesado por el marcador o las habilidades de los defensas y delanteros, posiblemente por la parcialidad del árbitro. El vio en las reglas de juego las condiciones del lenguaje. Pensó que el lenguaje consiste no en formas lógicas unitarias sino en juegos lingüísticos y que las reglas son fundamentales de aprender para poder expresar un argumento filosófico. Entendió que cada juego tiene sus normas y la uniformidad es un criterio tramposo. De este modo, renunció a la comodidad de la Universidad, se retiró a Irlanda, amansó pájaros y se hizo olvidar de sus amigos. Visitó Estados Unidos, quiso quedarse y un cáncer terminal lo obligó a volver a Austria. Casi mudo, con el menoscabo de sus capacidades, murió en Cambridge, no sin despedirse con estas palabras dudosamente ciertas: “...he tenido una vida maravillosa”. Uno de los aforismos (el 126) de su libro inédito trataba de justificar su terrible hallazgo: “La filosofía se limita a ponerlo todo delante, sin explicar ni inferir nada de ello. Como todo está a la vista, nada hay tampoco que explicar. Porque lo que pudiera latir escondido, pongamos por caso, no es de nuestra incumbencia”.
Alguna vez Alfred North Whitehead dijo que la filosofía occidental no era otra cosa que notas a pie de página a la obra de Platón. Hablaba, creo, por sí mismo. En el caso de Wittgenstein siento profundamente que en sus cambios y contradicciones, en sus particulares elaboraciones del mundo, abrió otro camino. Juan Nuño, siempre corto de elogio y largo de juicios implacables, escribió en “Filosofía hoy” (ver Ética y cibernética, 1994) que el último gran momento de la filosofía es patrimonio suyo: “...no por su pretensión lógica de describir la estructura del mundo, sino por su autolimitación metodológica de marcar la frontera de lo indecible”. Como Platón, Aristóteles, Kant, Schopenhauer, Wittgenstein no es sólo un filósofo; es una filosofía en sí mismo. Es muy posible que su pensamiento sea la suma probable e improbable de toda la esperanza o desesperanza que nos signa. Wittgenstein dejó bien establecido que no hay criterios racionales más allá del territorio del lenguaje. Conjeturo que en sus contradicciones, vacilaciones y silencios, tanto como en sus descubrimientos particulares y su análisis fulminante, está definida ya la búsqueda filosófica del siglo XXI. Al menos en lo que tendrá de interesante, lo que no es poco.
FLANN O’BRIEN Y LA EXÉGESIS
DE LO INEVITABLE
Flann O’Brien es, sin discusión, una de las mejores excusas que pueden darse para leer en cualquier época, uno de esos autores cuyo trato se hace con los años una excelente costumbre a la par que una necesidad íntima, esencial, irrefutable, pese a que ni su nombre aparece en la mayor parte de los diccionarios e historias de la literatura ni sus libros circulan en otra forma que no sea de la fotocopia o el remate callejero. Para su fortuna, la crítica (pública, rigurosa, intensa) ha preferido obviarlo de las letras inglesas y sus novelas, comparadas, en su momento y en el nuestro, con las de James Joyce, su admirador y amigo, siguen siendo la excéntrica contraseña de identificación de un escaso grupo de lectores (una auténtica muchedumbre solitaria), entre los que espero contarlo, lector, y me incluyo, que lo reconocen como parte inevitable de sus días y no pierden ocasión de releerlo con renovado asombro y placer.
En verdad, Flann O’Brien fue tan sólo un pseudónimo, aunque el más prestigioso, de Brian Nuall’in, un irlandés nacido en Strabane, Tyrone, el 5 de octubre de 1911. A falta de una biografía minuciosa, lo poco que podemos decir de él se reduce a tres o cuatro aspectos abstractos: el principal, en todo caso, sería el de su fervor por la cultura celta. En University College, Dublín, estudió Literatura Celta y viajó a Alemania para indagar con más detenimiento en el tema. Su tesis trató sobre La naturaleza en la Poesía Irlandesa, un estudio donde el mito, la leyenda y la descripción proporcionaban claves para comprender el significado real de la historia irlandesa. Para la década de los 40 escribía en periódicos nacionalistas con pseudónimos cuya etimología respondía a cada propósito particular. En el “Irish Times” era el satírico Myles Na Copaleen, con un sentido del humor poderoso y destructor. En “Leinster Times” y en “The Nationalist” era George Knowall. Algunas de sus columnas fueron publicadas en forma de libro en 1943. Lo que parecía importar a O’Brien era despistar y ese fin, que le costó numerosos lectores para sus obras principales, le permitió desarrollar, como Fernando Pessoa, personalidades contundentes. Fue Brian O’Nolan, Myles Na Gopaleen, George Knowall, Brother Barnabas, Count O’Blather, John James Doe, Peter the Painter y Winnie Wed-ge.
Antes de haber concluido sus estudios universitarios, escribió y publicó su primera novela, la mayor, At Swim Two Birds, que finalmente apareció en 1939 con tan mala suerte que un bombardeo destruyó tiempo después la editorial Longman’s incinerando todos los ejemplares. Su segunda novela fue The poor mouth (La boca pobre), publicada en 1941, seguida de The Hard Life: An Exegesis of Squalor (La vida dura: Una exégesis de lo escuálido) en 1961, The Dalkey Archive (El Archivo Dalkey) en 1964 y, póstumamente una gaveta suministró The Third Policeman (El Tercer Policía), editada en 1967. En todo sentido, O’Brien fue un funcionario poco doméstico, ciertamente infeliz, absolutamente inhóspito: trabajador del Servicio Civil, no dejó de atacar al Ministro del Gobierno ridiculizándolo hasta el día en que renunció por motivos de salud en 1953. El primero de abril de 1966 murió en Dublín.
Borges comentó y elogió At swim-Two-Birds como una de las más interesantes novelas del siglo en un ensayo aparecido en “El Hogar”. Su resumen del argumento es magnífico y cabe rescatarlo íntegro: “Un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín que escribe una novela sobre los parroquianos de su taberna (entre quienes está el estudiante), que a su vez escriben novelas donde figuran el tabernero y el estudiante, y otros compositores de novelas sobre otros novelistas...” (Textos Cautivos, p. 327). La obra parte de una idea memorable: establecer un relato con tres comienzos y tres finales como un hipertexto fulminante. Para O’Brien “un buen libro puede tener tres comienzos completamente disímiles e interrelaciones sólo en la mente del autor, o cien inicios e igual número de finales”. Ejemplo de esto es el hecho de que ofrece tres versiones al lector de la historia: la primera comienza con Pooka MacPhellimey, la segunda con John Furriskey y la última con Finn MacCool. Anthony Burgess, en su lista The best in English since 1939, seleccionó At swim-Two-Birds como uno de los más complejos y completos relatos junto con Finnegan’s Wake de Joyce. Graham Greene y Dylan Thomas leyeron a O’Brien y lo admiraron; Edna O’Brien dijo de él: “Pienso que junto con Joyce y Beckett constituye nuestra trinidad de los grandes escritores irlandeses, pero es más cercano y divertido”.
Tal vez El Tercer Policía, escrita hacia 1940 y salvada póstumamente, sea su novela más intensa y la que le gane mayor número de adeptos. Su procedimiento es complejo, pero el argumento restituye postulados clásicos: dos hombres ejecutan un crimen atroz y uno de ellos, sin que lo note, muere a consecuencia de una bomba colocada por su compañero y pretende seguir su vida normal. Cosas extrañas, mágicas y horribles tienen que sucederle para que evidencie que durante toda la obra ha estado muerto. Al final, regresa a buscar a su amigo y ambos emprenden la serie infinita e inagotablemente repiten los hechos. Los libros de un autor (De Selby) apócrifo sirven para numerosas digresiones absurdas de enorme interés humorístico que hacen de la obra una alegoría de la modernidad. Recuerdo, por ejemplo, un pasaje del capítulo VIII que ridiculiza las teorías físicas actuales tras una entrada a un cuarto que representa la eternidad:
“--Venga aquí, que le enseñaré algo para que se lo cuente a sus amigos.
Luego vi que ésta era una de sus escasas bromas, pues lo que me mostró fue algo que no podía contar a nadie: no existen palabras adecuadas en el mundo para trasmitirlo. Aquel armario tenía una abertura que parecía un tobogán y otra abertura, como un agujero negro, a un metro por debajo del tobogán. Oprimió dos objetos rojos, como teclas de máquinas de escribir, e hizo girar un mando de tamaño considerable. Al instante se oyó un ruido sordo, como si cayeran por una escalera millares de cajas de galletas llenas. Tuve la sensación de aquellas cosas saldrían del tobogán en cualquier momento. Y así fue: aparecieron unos segundos en el aire y desaparecieron por el agujero negro que estaba debajo. Pero, ¿qué puedo decir de ellas? No era blancas ni negras y, desde luego no tenían ningún color intermedio...Pero por extraño que parezca no era su color sin precedentes lo que más me llama la atención. Tenían otra cualidad que me hizo mirar agitado, con la garganta seca y sin aliento...Luego tuve que reflexionar largamente hasta comprender por qué aquellos artículos eran sorprendentes. Les faltaba una propiedad esencial de todos los objetos conocidos...no tenían dimensiones conocidas. No eran cuadrados ni rectangulares ni circulares, o sencillamente de forma irregular...Sencillamente su aspecto, si se puede admitir esta palabra, era ininteligible para la vista...”.
En algún pasaje, O’Brien escribió: “El infierno da vueltas y más vueltas. Su forma es circular y su naturaleza interminable, repetitiva y muy próxima a lo insoportable”. En cada libro suyo ofrece una salida a ese laberinto y no es excepcional que haya creído que la literatura permite encontrar los lugares de duración, firmes y propicios a una salvación que si no llega nunca al menos determina las más oportunas y audaces señales de lucidez. De ahí, y mucho más que de ahí, que leerlo sea una experiencia iniciática. No se trata de entretenerse porque sí sino de asumir una tradición fantástica, un presente continuo realizado desde el deseo. Y eso ya lo convierte en un clásico.
|
|